martes, noviembre 24, 2009

Fragmentos argentinos redux (Águila 4)

6 de agosto

Desde el corazón del silencio que sale de la lluvia me llega el silbido de un hombre que va caminando hacia el pueblo. No puedo reconocerlo; el agua, la oscuridad, la lejanía, me vedan su cara. De pronto se ha dado vuelta y mira hacia atrás, sorprendido o curioso. Calla el silbido, como si escuchara a mis ojos rastreándolo en la noche oscura. Se ha dado cuenta de que alguien lo mira. Bajo la mirada hacia las palabras que escribí. Cuando la levanto, el hombre aún está allí, estático, mirando hacia atrás, bajo la lluvia. En el bosquecito resuenan los ladridos agudos de un perro salvaje que merodea el pueblo. Otros perros le responden con odio. Cuando levanto la cabeza otra vez hacia el hombre desconocido, ya no está más, como si hubiera cerrado una puerta negra detrás suyo.
¿Qué es lo que espero? Pienso que tal vez espero algo, por más nefasto que sea, y es lo que me mantiene de pie en el camino. Pienso en el telegrama, escrito por alguna persona con letra caligráfica, palabras con forma de impulsos eléctricos viajando por los cables, vueltos a escribir, mecanografiados, pasando de mano en mano con su carga siniestra, hasta llegar al destinatario, que lo espera y le teme.

8 de agosto

Ayer por la tarde dos Wandervögel se detuvieron un rato en la puerta de casa. Me pidieron un poco de agua fresca. Vestían pantalones cortos de cuero, borceguíes, camisas sucias y una mochila gastada en la que, según ellos, llevaban todas sus pertenencias en este mundo. Uno de ellos me leyó un fragmento de Stefan George, no recuerdo de qué libro. Formaban parte de un grupo que se autodenominaba Viajeros hacia Ninguna Parte. No quisieron convencerme de nada, sólo charlamos un rato. Tío Ignatius salió en ese momento de la casa. Los miró de arriba abajo, con un poco de asco. Creo, sin embargo, que, en un punto que no alcanzo a precisar, Tío Ignatius se parece a ellos, y que, llegado cierto momento, van a converger sus aspiraciones.
Como si antiguos dioses hubiesen hecho un llamado y fuese interpretado de maneras distintas. La rebeldía insana que se apodera de las mentes y los cuerpos se dispersa en el aire y es recogida por muchas generaciones en este tiempo loco.
Antes de irse me dedicaron una especie de ridícula invocación a Wotan y Siegfried en la que oí los diversos tonos de la sangre al ser vertida.

9 de agosto

Cuando bajé a desayunar encontré, en la mesa del comedor desierto, un panfleto en el que el águila presidía las palabras. Conmemoraba el quinto aniversario de un juramento que dice así: Juro por Dios que rendiré obediencia incondicional al Führer del Reich y del pueblo alemán, Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, y que estaré siempre dispuesto, como soldado valiente, a dar mi vida en cualquier momento por este sagrado juramento. Ernest debe haber jurado con estas palabras. Yo tendré que hacerlo, eventualmente.
Jurar es como escribir un diario. Uno no sabe lo que hace con exactitud. Las palabras se van cayendo de la boca y empiezan a actuar en la realidad. Nos comprometen con nuestros semejantes y con nosotros mismos. Recordar un juramento es como releer un diario. El interior de un hombre se encuentra estampado allí. Y no importa que el diario falsee, o que el juramento sea vano. Las frases son los surcos que nos recuerdan que por allí hemos pasado, aunque después el olvido haga su trabajo.

15 de agosto

Hoy leí una bella historia de Wei Chung, en un viejo libro de mi padre. En todas las innumerables guerras que mantuvieron los chinos entre sí hubo ajusticiamientos multitudinarios. En uno de ellos, los vencidos formaban una larga cola, mientras iban siendo decapitados uno tras otro. Recorriendo la cola, al oficial a cargo le llamó la atención un hombre que estaba leyendo un libro, impávido entre los rostros de miedo y angustia. La visión de aquello lo conmovió intensamente y entonces solicitó de quien dirigía las ejecuciones la vida del hombre, que le fue concedida al instante. El guerrero comunicó el indulto al lector, que le dio las gracias cortésmente, se metió el libro en un bolsillo y abandonó el lugar del suplicio, donde el trajín siguió su curso. Me ha hecho pensar qué cosa leería yo el instante previo a mi muerte, si supiera cuándo va a ocurrir.
He recibido carta de tío Friedrich. Está en Trieste, incluso él no sabe bien por qué. Sus palabras son febriles, intratables. Me miente. Se ha transformado en un monstruo de amenidad.
La noche avanza, cálida y breve. Dejo el rasgar de la pluma y me asomo a la ventana. La luna se ha ocultado, dejando en tinieblas todo el bosquecito. Vuelvo a la mesa. Unas ciruelas que me traje han manchado de rojo algunas páginas de este diario, volviendo ilegibles algunas palabras.

16 de agosto

Tío Ignatius ha dejado ante mi vista un diario del NSDAP, Der Angriff. Allí leí claramente que estoy destinado a la guerra, pero no con estas palabras. Si pudiera, desertaría de mí mismo

17 de agosto

Hoy apareció Ilse en la huerta, con un libro bajo el brazo. Su pollera azul flotaba en el aire cálido de la mañana como la vela de un barco a punto de zarpar. Estuvimos un rato largo en estado de tensión, hablando de nimiedades, intentando velar en la charla el hecho casi definitivo, de no mediar un milagro, de mi partida. Nos contamos cosas triviales, que para nosotros adquieren un sentido único ya que, de algún modo esas cosas hablan de nosotros y, además, porque, al menos para mí, es un alivio no tener que dar explicaciones.
Me mostró el libro que traía; su padre lo compró hace muchos años en Berlín. Su título era, según creo, Las bodas químicas de Christian Rosencreutz, de un tal Maack. Tenía unos grabados muy bellos, con inscripciones en latín y hebreo, una de las cuales se me quedó grabada, por haberme gustado mucho: Nequaquam vacuum, en ninguna parte existe el vacío. Creo que esta clase de literatura está prohibida y se lo hice saber a Ilse. Ella sonrió y me dijo que, en realidad, todos nuestros gobernantes están leyendo esta clase de libros y, además, van a ser los textos de aprendizaje en el futuro. Me pareció, al menos como idea, algo interesante: nos gobiernan en base a libros prohibidos, que serán dados a la luz cuando otros libros prohibidos empiecen a enseñar a quienes nos mandan.
Sea como sea, el pensamiento de que somos guiados por lo oculto no deja de tener resonancias para mí. Es un consuelo pensar que estamos rodeados de respuestas, y que todo nuestro sufrimiento se basa en el hecho de que, al estar tan cerca, no podemos verlas. Incluso dentro nuestro respuestas exactas esperan a ser descubiertas por nosotros.
La fe es el instinto de la acción.

18 de agosto

Después de almorzar recibí carta de tío Friedrich. Inmediatamente me di cuenta de que la recibía de manos de un cartero llamado Rosenkranz. Los entrelazamientos más extraños ocurren cuando estamos sensibles a ellos, pero a pesar de eso no dejan de asombrarnos, y creemos encontrar un signo elocuente, un oráculo que nos habla de lo que nos pasó o nos va a pasar. En los momentos críticos el tiempo se arremolina, nos trae y nos lleva a su antojo a lugares insólitos. De pronto somos niños asustados, al rato nos vemos como ancianos al borde de la tumba. Las conexiones extrañas que me ocurren conectan esas edades míticas que coexisten en mí; las palabras que las forman, entonces, se transforman en enigmas a resolver, problemas casi matemáticos, que me dejan exhausto sólo al pensar en ellos como tales.
Leí la carta de tío Friedrich a la sombra olorosa del cedro. Parece que lo único positivo para él, lo cierto sin ninguna clase de dudas, es que no hay salida. Está en Francia ahora. Según yo siempre he sabido, él trabaja como representante de ventas para el exterior de una fábrica de chocolates. Sus continuos viajes parecen confirmar esta creencia, pero sus cartas son las de un hombre que se está escapando, y a esta altura no me extrañaría en absoluto que su ocupación sea ciertamente más peligrosa que la mera venta de chocolates alemanes.
Tuve que quemar la carta. Ahora estoy trabajando también en olvidarla. La situación se parece cada vez más a un teatro siniestro y, como todo el mundo sabe, los que primero caen son los personajes secundarios que leen cosas que no deben, o hacen cosas que no controlan.
Siento que tío Friedrich ha saltado fuera del círculo luminoso en que yo mantenía a mis personas queridas. Aunque no sé muy bien si ocurrió eso o es que, en realidad el círculo mismo ha desaparecido y ahora todos vagamos en el mar turbulento de la Historia.

20 de agosto

Cuando el dolor es muy grande, se llega, a veces, a una paralización de la sensibilidad. El alma se descompone y de esta descomposición proviene ese frío mortal, esa fuerza de pensamiento y esa incesante exhibición de ingenio propios de la desesperación. Ya no existe afecto alguno: me encuentro solo, como una fuerza funesta. Sin vínculo con el resto del mundo, me consumo poco a poco interiormente.

21 de agosto

Lunes. Sin luna. Noche cercada por nubes discretas. Los grillos cantan el calor en lo oscuro y riman con el sonido que hace la pluma al rasgar el papel. Las más ínfimas vibraciones se amplifican en un espíritu sensible: hasta el crecimiento de los árboles retumba en los oídos. O el mundo se ha metido en mí o me he derramado en el mundo. Las tareas humanas ya me son ajenas, excepto el trabajo en la huerta, que consiste en preparar la tierra para una próxima siembra que probablemente nunca ocurra.
Hoy escuché que ha nacido un niño en el pueblo. Tiendo a pensar que los primeros años de su vida serán de fuego; por otro lado, su llegada es la señal de que la vida sigue su camino tercamente, aún en medio del desastre. Este pensamiento, como una pequeña luz en medio de la niebla, me alegró la vuelta en bicicleta desde el pueblo, en donde no pude encontrar a Ilse.

22 de agosto

Existe una especie de cansancio de la inteligencia abstracta y es el más horroroso de los cansancios. No pesa como el cansancio del cuerpo, ni inquieta como el cansancio de la emoción. Es un peso de la conciencia del mundo, un no poder respirar con el alma el aire enrarecido de la vida. Todo cuanto es acción, sea la guerra o el raciocinio, es falso.
Ya estoy a punto de mentirme que la espera del llamado no me inquieta; los juegos que las palabras hacen con el pensamiento empiezan a abundar en mis soliloquios. Pienso: ¿es posible decir: "espero desesperado"?, y esta clase de enigmas falsos me mantienen en un estado de tensión mental que se resuelve en un cansancio difícil de definir. Me descubro una sonrisa lunática al pensar tales cosas, sobre todo cuando estoy trabajando en la tierra, como hoy en los surcos abiertos, y la pálida sombra del fantasma de la locura me toca el cuerpo.
Hoy he sentido durante todo el almuerzo que mamá quería decirme algo y no ha podido. Como si trabajara en la construcción de un puente que, a punto de ser usado por primera vez, se derrumbase, y así una y otra vez. Somos pequeños picos truncados sin comunicación entre sí. Comimos unas uvas blancas muy frescas. Las frases ínfimas que nos dijimos se parecían a las semillas que escupíamos con delicadeza.

23 de agosto

"Yo me vuelvo hacia la noche secreta, inefable y santa. Allá lejos, el mundo desierto y solitario ocupa su sitio, hundido en una fosa profunda". Mi cuarto, sobre todo de noche, se ha transformado en una cueva desde la que, como un animal cansado, observo cómo pasan las cosas de este mundo. No estoy muy seguro de entender el significado preciso de la frase de Novalis, pero cierta cualidad de introspección me acerca a sus escritos visionarios.
Como si todo se hubiera vuelto noche y, a causa de su empecinada persistencia, esta noche fuera ya un bien.
Escribo para quién, me pregunto. Para mí, para la idea que yo tengo de mí, para un fantasma que vive en mí. Un fantasma del futuro. Un yo mismo distinto mío que recuerde lo que he perdido en este tiempo de confusión. ¿Metempsicosis es la palabra?; una trasmigración de la existencia que reencuentro en lo que estoy escribiendo en este diario. Un diario es leído siempre por fantasmas y se va transformando, a su vez, en fantasma.
De tío Friedrich, ni una palabra.

24 de agosto

Los gorilas hembra caminaban plácidamente por la plaza del pueblo llevando carritos en donde pequeños gorilas gimoteaban, vestidos con ridículas telas. Los gestos, que se parecían de manera patética a los humanos, llenaban sus caras con movimientos mecánicos, aprendidos a fuerza de golpes, de ojos y músculos. Unos viejos gorilas jugaban a las cartas y tomaban cerveza a la sombra de la parra de la taberna; repetían de manera insensata los ademanes bruscos de los hombres, los naipes suspendidos en el aire, a la espera del envite del enemigo, dispuestos a la obscenidad del desenmascaramiento. Se muestran los dientes civilizadamente, se agreden con cariño, quisieran matarse pero juegan a las cartas.

25 de agosto

El gran gorila ha vociferado hoy un largo rato por la radio. Hay que reconocerle una cosa: su voz es un relámpago difícil de ocultar, siempre encendido, que apenas se sumerge en la oscuridad renace, más brillante, en algún otro sitio inesperado. Se equivoca, trastabilla, y de esa equivocación brota un acierto; es la personificación endiosada de los millones de gorilas que lo aclaman o toleran. De acuerdo a lo que pude ver en los noticieros cinematográficos, sus palabras se emparejan a la perfección con los movimientos teatrales que las acompañan. Dice lo que es necesario que sea dicho y su presencia cubre el lugar que la Historia le tenía reservado; nos conduce directo al infierno y, sin embargo, la gente lo sigue con pasión.
La verdad es un accesorio obsceno, la realidad es un territorio al que no tenemos acceso. El mundo de los gestos nos va precipitando a lo irreparable. Nadie puede oponérsele. La muerte, que es real, está sentada al lado de los gorilas, en el escenario patético de una mala comedia funeraria.

26 de agosto

Soy los alrededores de una ciudad que no existe.

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