viernes, noviembre 13, 2009

Fragmentos argentinos redux (Águila 1)

“ Siempre de regreso
en los caminos del tiempo,
no adelantaremos ni atrasaremos:
tarde es temprano, cerca lejos.”

Maurice Blanchot


“Sin embargo, te agradezco desde el fondo de mi corazón
la desesperación que me causas
y aborrezco la tranquilidad con que vivía antes de conocerte.
Adiós. Mi pasión crece a cada instante.”

Sor Mariana Alcoforado



ÁGUILA


7 de Junio

Recuerdo lo que soñé: le daba de comer con la mano a una serpiente. Al terminar, me lamía la palma como un perro y yo me extrañaba que su lengua no fuera bífida. Inmediatamente empezaba a enroscarse con suavidad en mi brazo. Al llegar al cuello la presión se hacía más fuerte hasta que el ahogo me hizo despertar. El calor que entraba por la ventana terminó por despabilarme. Tardé un rato en volver a dormirme. Mucho calor. De día, el sueño no me abandonó. Mientras trabajaba en los membrillares y los ciruelos la serpiente volvió a apretar en el cuello. El señor Lohne cree que yo ya debería haber sido llamado a filas. La serpiente es el recuerdo de las palabras del señor Lohne.
Hice una siesta en el bosquecito. Me desperté con miedo de encontrarme con la serpiente. A la noche sólo pude comer una compota que hizo mamá al mediodía. Ahora tengo la ventana abierta. Hace mucho calor. Las estrellas brillan en el cielo. No se mueve ni una hoja. Sólo escucho el rasgar de la pluma en el cuaderno. Y algunos grillos a lo lejos, entre los árboles.

9 de Junio

Una buena guerra santifica todas las causas, ha dicho hoy tío Ignatius durante el desayuno. El silencio se apoderó de la sala, excepto por el tic-tac del reloj. Sus afirmaciones son cada vez más repugnantes a mi razón.
A la mañana vi que alguien había cortado una rama del cedro grande. Al recostarme en su tronco olía como a pepinos frescos. Me di vuelta y del tajo mal hecho manaba la savia color ámbar.
Más tarde vi a Karl, Ernest y Georg en la plaza, hablando cabizbajos. Me fui por la calle de la velita. No quise escuchar las ideas absurdas que siempre tienen cuando se juntan.
A la vuelta del pueblo me encontré con tío Ignatius y mamá discutiendo en la cocina. Ekatherine, escucho que dice mi tío, tu hijo ya es un hombre y debe cumplir con su deber. Hice un poco de ruido en el vestíbulo y cuando llegué a la cocina Tío Ignatius estaba tomando un vaso de agua y mamá pelaba papas. El diario estaba doblado en cuatro sobre una silla. Vi unas letras grandes y negras. No me interesa saber qué pasa.

12 de Junio

El camino hacia el pueblo es de dos kilómetros. Se hace en bicicleta en menos de diez minutos. Al salir de la casa al patio y atravesar las paredes que rodean la propiedad siempre pienso que tal vez ésa sea la última vez en que voy al pueblo en bicicleta y un escalofrío me recorre el cuerpo, a pesar del calor. En el trayecto se me aparecen, a la vuelta de cada recodo, las casas familiares, que he visto una y otra vez desde que soy niño, y nunca dejan de llamarme la atención. Las viejas casas de piedra, con inscripciones talladas hace tantísimos años, se van mezclando con las nuevas casas, con techos de teja a dos aguas, de paredes lisas y blanqueadas hace poco.
El muro oscuro del cementerio parroquial, que linda con un campo de fresas, se ha llenado de cruces y palabras que profanan su espiritualidad. El mundo de los vivos atormenta la paz de los muertos.
Los huertos pegados a las casas, con sus árboles frutales cargados, bañan con una sombra fresca algunos breves tramos del camino. El viejo muro romano de la casa del señor Ganglbauer invita a ser tocado con las palmas de las manos para percibir, a través del abismo de siglos, las palmas de las manos de los que apoyaron su cansancio en él. La antigua guerra vuelve a mí, una y otra vez, con diferente aspecto, pese al esfuerzo que hago por evitarla.
En la tienda compré una cajita de plumas multifold número 348, marca Gilbert & Blanzy-Poure, que son las mejores que conozco. Noté que eran las últimas que el señor Brauchitsch tenía. Me entregó las plumas francesas con un gesto turbio, que mezclaba odio y melancolía. Como un hombre despidiéndose para siempre de una vieja amante.

14 de Junio

A la hora del café tío Ignatius ha estado hablando de la situación en Polonia. Hice lo posible para no escucharlo, cosa que fue imposible. Tío Ignatius se parece a un científico implacable que sólo sabe de su especialidad y pretende desplazar su saber a cualquier ámbito, incluso a aquel del que no sabe nada. Preferí no contestar las insensateces que dijo. Mamá levantó la mesa en silencio. Noté que estaba triste.
Ahora, en la noche cerrada, siento el bochorno del día descolgarse desde el techo. Un sonido crepitante de insectos sube desde el huerto. Desde lo alto puedo ver las vías del tren, las figuras monstruosas que la oscuridad dibuja en los campos, una vaca abandonada pastando bajo la luna. La pluma nueva se desliza con suavidad y me incita a escribir lo que no es.

17 de junio

La noche es un ruido inmenso de vegetales que crecen. La lluvia trajo algo de frescura y alivio para las plantas. Hoy he visto a Ilse después de muchos días. Estaba hermosa. Hablamos un rato largo debajo del sauce. Ella tiene planes para nuestro futuro. Suavemente, sin contradecirla, traté de hacerle ver que el porvenir sólo presagia desgracias, y que sería lógico no hacer planes descabellados. No quiso escucharme. Las mujeres tienen la fuerza de la utopía, atraviesan la adversidad llevadas por esa energía ciega que no se apoya en las cosas. A veces me hace bien escucharla e imaginar que el futuro no va a ser como parece. La besé y el olor de la savia se mezcló con el perfume de Ilse. Después la acompañé hasta el pueblo adonde tenía que ir por unos asuntos de su padre. La dejé en la puerta de la escribanía y cuando me estaba por subir a la bicicleta me detuvo la voz de Ernest llamándome. Charlamos de trivialidades un rato, me hizo algunos chistes sobre Ilse, y de pronto se quedó callado, se mordió el labio inferior con rabia y sus ojos se volvieron brillantes. Recibí el telegrama, me dijo finalmente. Sacó del bolsillo del pantalón un bollo de papel que me puso entre las manos, como si fuera una brasa ardiendo. Al abrirlo el águila desplegó sus alas terribles y ya no tuve que leer las palabras secas y terminantes. Doblé el papel y se lo devolví. Nos abrazamos con intensidad. Conozco a Ernest desde que tengo memoria. Tal vez no lo vuelva a ver más.

15 de junio

Me pregunto para qué escribo esto. No lo sé. No tiene importancia. No importa.

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