viernes, diciembre 29, 2006

Sin

El vello incipiente en la axila de una dama.

El sonido de un diferencial zumbante en la madrugada de Buenos Aires.

La risa contagiosa de una señora de más de 80 años, que aún no conozco.
Una Fender (cualquier modelo) americana.

Hace unos 30 años, cuando escuché por primera vez a Zappa.

Los tacos, a la siete y veintisiete de la mañana en Insurgentes y Ejército del Norte. Más que los tacos, el olor, seamos justos.

Cuando me dijeron: hay problemas, pero Santiago nació bien.

Madrid, el olor a fritanga en algunas calles de Madrid, hace muchos años.

Claro, claro, un especial de cantimpalo y queso en una playa, allá lejos, en Rianxo.

Una chica de vestido marrón, bailando quién sabe qué. Conmigo, desde luego. Y en el año 75.

Ahora.

Quienes no entienden lo que escribo, cómo me gustaría ser un beseler.

Una mallita celeste de "strech" que usaba a los seis años.

Los teléfomos que no suenan.

Mi buena letra, mi ortografía, que me hicieron escribir, increíblemente mal.

Las lágrimas, aquellas lágrimas.

Estas lágrimas.

miércoles, diciembre 20, 2006

Uso extraordinario del tópico Ubi sunt, por el incomparable maestro Fok-Hiu



Hubo una vez

cuando en vez de hubo

había una vez.

Una.

Ahora no hay

ninguna,

ves?

Ni una.

martes, diciembre 19, 2006

Samsara


Ya sé que no voy a poder explicarlo, simplemente porque no lo entiendo.

Estudié música durante muchísimos años, probablemente unos doce. A los cinco años mi madre decidió que pasaba demasiado tiempo en la calle haciendo cosas que ella no entendía ni siquiera en su idioma y me puso a estudiar guitarra, inglés y para terminar de cerrar mis libérrimos horarios de matiné callejera, me mandó a una maestra particular antes de entrar a primer grado, ya que toda la familia coincidía en la apreciación de que quien suscribe era un poco lento para su edad. Creencia que el tiempo validó con creces. Pero tuvo como efecto instantáneo que la directora llamara a mi progenitora cada dos días por los desmanes que yo cometía en la escuela, ante el hecho natural de que me aburriera consistentemente ante la confección de palotes cuando yo ya sabía leer, escribir, sumar, multiplicar, dividir y otras cosas de las que por suerte me he olvidado.


Me recibí de quién sabe qué, y quién sabe cuánto. Y nunca me sentí músico; de hecho no lo soy. Estudié letras durante muchos menos años que música, y sí me siento un escritor. Estos desgra-biografismos tiene que ver con el hecho de que no pueda explicarlo, ni con música ni con letras.

De todos modos siento que mi patria son las letras, o sea que voy a explicar por qué no puedo explicar nada de cierto tema referido a la música justamente con palabras.

Ensayamos. Con varios músicos excelentes, y yo que apenas puedo parodiar a un mediocre ejecutante. Con una cantante sobresaliente, con otros dos chicos que hacen coros de manera espectacular, y yo que a veces me pongo detrás de ellos intentando de manera pueril sacarlos de afinación con chistes sonoros. Yo sé que un poco me quieren, me dicen Robert Freak, incluso hay momentos (breves) en que asienten complacidos, como si yo por fin hubiera acertado alguna nota con mi nueva guitarra Washburn recién lustradita.

Ensayamos, digo. Y he aquí lo insólito: hay días en que todo suena brillante, ajustado, profesional. Y otros en los que parecemos una banda de jardín de infantes aporreando instrumentos desconocidos y cantando cosas raras como si fuera la primera vez. Un enigma. Un dilema. Un delirio.

Le echamos la culpa a F. que toca la batería con la saña de un Barreda grunge. Nos peleamos con N. porque acá no va Sol sostenido mayor, sino La bemol mayor, hasta que nos damos cuenta de que es la misma cosa (casi). Claro: J. no está en un buen día, se está haciendo la minita y se la agarra con A., que lo único que hace es tocar el bajo con la aplicación de un lama tibetano y la persistencia de un Hare Krishna repartiendo volantes en la calle Florida. No, no es esto, definitivamente. El recurso a los múltiples estados de ánimo explica apenas una fracción del asunto. Thelonius Monk cuando tenía un mal día era genial igual. Nino Bravo con dolor de panza afinaba igual. Mahler en sus peores momentos escribía como si le dictara Dios.

Después de unos 25 años vuelvo a tocar la guitarra. La abandoné el día que percibí con toda claridad que jamás iba a tocar como Paco de Lucía. La reencontré ahora que entiendo que a la estupidez hay que tratarla de usted. Y vuelvo a sentir esa magia que produce la música de las esferas cuando todo se acuerda. Y me encuentro, a solas o en grupo, con la desazón causada por la ausencia de música en la música.

Cortázar, con los ojos cerrados y una mano atada en la espalda, podría explicarlo mejor que yo. O Italo Calvino, o Paul Auster, o mi abuela, que contaba historias absurdas con un aire de conspirador ruso, siendo ella tan gallega. Yo no. No tengo idea cómo explicar qué cosa ocurre cuando todo se arregla instantáneamente en esa matemática satelital empeñada en suplantar a la filosofía que convenimos en llamar música.


Tiendo a creer que la música tiene vida propia. Que tiene su cielo y su infierno, sus menopausias y adolescencias, malhumores, quebrantos, alegrías y sublimidades. Tiene humores y malos días. Y nos usa para existir aunque no de manera exclusiva. Porque los delicados sonidos del agua corriendo no cesan cuando no hay un ser humano escuchándolos.

Y la música, cuando tiene un día en el que ironiza a nuestra costa, nos hace creer, estúpidamente, que somos nosotros quienes la hacemos.

martes, diciembre 12, 2006

Anestesia



Salgo a fumar al sol. Me aso. Recuerdo brevemente que al lavarme los dientes a la mañana sentí un delicado pinchazo en una muela. ¿Cuál de todas? Abajo, a la izquierda. Probablemente un premolar. Esto me trae a la memoria el dolor extraordinario que condujo a la extracción urgente de una pieza dental.


Dolor: experiencia sensorial y emocional desagradable, frecuentemente asociada a una lesión tisular existente o potencial. Es una experiencia y no sólo una sensación. No es necesaria, en realidad, una lesión de los tejidos. Se produce una reacción impulsiva de escapar.

El dolor es una función esencial en todo ser vivo.

Estímulo nociceptivo: estímulo que daña los tejidos normales.

Nociceptor: receptor especialmente sensible a estímulos nociceptivos, o a estímulos que lo serían si se prolongaran en el tiempo.

Hiperestesia: sensibilidad aumentada a la estimulación, excluyendo los sentidos especiales.

Hiperalgesia: respuesta anormalmente aumentada frente a un estimulo doloroso.

Alodinia: dolor debido a un estímulo que habitualmente no produce dolor.

Las vías del dolor.

Teoría de la compuerta del dolor, teoría del dolor referido, teoría de la alarma de campana, teoría de la especificidad, teoría de la interacción sensorial, teoría de los patrones.

Ropivacaína al 0,125% versus Bupivacaína al 0,125%. ¿Quién ganará? No se pierda el próximo match de Analgésicos en el Ring.

Las palabras fundan la hipotiposis del dolor. El lenguaje es el dolor de no poder decirlo todo de una vez. Y, también, el de decirlo todo sin anestesia. Porque, ¿cuál es la lingüística del dolor? Los abstractos ramilletes de descargas eléctricas en miniatura que se desplazan con más o menos parsimonia por nuestros cuerpos no explican nada.

Consecuencias del dolor: taquicardia, hipoxia, atelectasias, neumonía, náusea, vómitos, retención urinaria, dolor muscular, catabolismo, ansiedad, fatiga, temor, disfunción inmunológica.

Cambiamos de magia: del origen del dolor como castigo divino, a los neurotransmisores. De los encantamientos a los analgésicos. Del ying y el yang al seccionamiento del cuadrante anterior de la médula espinal. De Hipócrates, Galeno, Paracelso, Vesalio, Varolius y Harvey a los esteroides. De la acupuntura al Prozac.

La aplicación de anestesia utilizada en el siglo XI, durante las cruzadas, consistía en dar contundentes golpes en la cabeza. Otras opciones: sujetar fuertemente al paciente, obligarlo a beber grandes cantidades de alcohol, opio, mandrágora, o hashish.

Eudoxio: el dolor es de suyo de lo que huyen todos los seres; y por consiguiente lo contrario del dolor debe buscarse con tanto empeño como se huye del dolor.

El dolor es complejo. No puede ser mensurado con exactitud. La etiología de su transmisión se define de acuerdo a variantes interpretativas. El dolor deviene una experiencia artística, debe ser interpretado.

Aristóteles: lo que el placer engendra y hace nacer es el dolor que le destruye.

El dolor anestesia.

El dolor es atópico. Surge de un cráter del cuerpo pero su magma nos recorre, como si fuera un elemento constitutivo, fundante. Como si no pudiéramos ser sin dolor.

El dolor está clásicamente condicionado y es siempre suficiente en sí mismo para activar la agresión en los sujetos (Hull, 1943; Pavlov, 1963). El ser humano procura sufrir el mínimo dolor y, por ello, agrede cuando se siente amenazado, anticipándose así a cualquier posibilidad de dolor. Si en la lucha no se obtiene éxito, se puede sufrir un contraataque y, en este caso, los dos contrincantes experimentarán dolor, con lo cual la lucha será cada vez más violenta. Hay, por tanto, una relación directa entre la intensidad del estímulo y la de la respuesta.

Parirás con dolor. Dios, el misericordioso, nos envía a esta vida con un mensaje estampado en la frente: “vas a sufrir”.

No pain, no gain.


lunes, diciembre 11, 2006

¿Bin ich schön?



Quisiera ser lindo como un jabón

amable como un automovilista manco

temperado como un número telefónico

tierno como los moños de navidad

seductor como un cable de computadora

serio como pedo de inglés

honesto como un barbero polaco

preciso como un bebé cuando se caga

y sincero como la hoja de una guillotina.




miércoles, diciembre 06, 2006

Finales


Tenía tanto miedo a los finales que se había adiestrado en el arte de subir con sutileza la perilla del sonido cuando la música se prolongaba en un fade-out. Parecía que la canción seguía sonando con el mismo volumen. Durante unos instantes, tenía la sensación de que la canción no terminaba nunca.


Durante una grabación en casa de J. Noche de día de semana. Muy noche. Vienen unos ruidos confusos de la calle, una especie de pelea en technicolor. Interrumpimos. Nos asomamos al balcón. La escena: dos coreanos, desconocidos entre sí, paseando sus perros coreanos. Los animales están trenzados en una pelea sedosa, ruidosa, sinuosa. Los caballeros orientales comienzan a insultar alternativamente a los perros y entre sí. Los perros hablan en coreano y sus dueños ladran. Los animales terminan por cansarse de traducir su enojo a un idioma hecho de regurgitaciones, se atragantan y se callan. Los notorios dueños de supermercados ya se han enzarzado en una pelea a mordiscones, gruñidos y volteretas. Los perros se quedan absortos, hasta que de común acuerdo deciden separar a sus dueños, que ya empiezan a babearse.


Debemos darle fin a todo. Dada la finitud de nuestra existencia no podemos concebir la eternidad, salvo como un eterno retorno de lo mismo. El corte, la cesación, lo que yo llamaría ahora la abrupción, termina por darle sentido a eventos que desde la perspectiva de la eternidad serían francamente banales.


A los finales amorosos los llamamos separación. Cosa curiosa ya que lo único que se separa son los cuerpos. Difícilmente uno esté más unido a una persona que en el momento del adiós sentimental.


Una de las obvias causas probables de la angustia que produce el fin inevitable es la sensación perturbadora causada por el orgasmo. Acabar, le decimos.


No por nada a los grandes momentos de unión mística los ascetas los refieren, ya devenido en un lugar común, como una separación del alma y del cuerpo.


¿Cómo ponemos en palabras el sonido que hacen los relojes? Tic-tac. Tic, empieza, tac, termina. Fijémonos bien: ¿no será que ese sonido es siempre el mismo y preferimos enmarcar nuestra pasión por el inicio y el final dándole nombres precisos? Yo, personalmente, agradecí la irrupción de los relojes electrónicos. Hasta que descubrí el parpadeo que representaba los segundos. Se prende, se apaga. Empieza, termina. Termina y empieza. Como prefieran.


Cuando llegué a la cima del faro de Finisterra, sentí vértigo. En ese preciso lugar durante muchísimos años terminaba el mundo. Por aquellos días el fin del mundo se podía tocar. ¿Dónde quedará el fin del mundo hoy?


El arte temporal, el que juega con el tiempo, muchas veces se complace en representarnos falsos finales. Acá termina, nos decimos cuando el protagonista se aleja por un camino polvoriento y la música se pone a punto de caramelo. No. Plano americano de la chica gritándole alguna obviedad. La película sigue. Nuevamente: los recursos artísticos para evitar la tensión del final y figurarse que la obra sigue por siempre terminan volviéndolos, por paradójico que sea, artificiales.


El final máximo: la muerte. No hay una sola religión, o al menos no la conozco, que no señale a la muerte como un final y un principio a la vez.


Fin.

martes, diciembre 05, 2006

Notas para una apología del aburrimiento






“El secreto de aburrir a la gente consiste en decirlo todo.“
François-Marie Arouet
(a.k.a. Voltaire)



Hagamos de necesidad virtud: como soy completamente incapaz de decirlo todo, dada mi notoria ignorancia, va de suyo que el aburrimiento que produzca este texto está anclado en mi natural inclinación a atormentar a la gente que me rodea hasta hacerlos bostezar al borde del desmayo.



Lars Svendsen, Emile Cioran, Epicuro, Bertrand Russell, Peyton Young, Søren Kierkegaard, Baudelaire, Giacomo Leopardi, bla, bla, bla. Fingiremos que somos gente cultivada y que hemos siquiera leido (no ya digamos comprendido) varios textos clásicos sobre la materia. Incluso podríamos intercalar, para darnos dique innecesariamente, algunos autores que en su perra vida han citado el tema.



En algún momento de mi vida voy a encabezar una turba que haga un par de piquetes violentos, aún no sé bien dónde, para protestar por la presunta exclusividad del latín (eventualmente del griego) como origen etimológico de la gran mayoría de los vocablos castellanos. No va a ser hoy. Aburrir: de abhorrere, tener aversión, aborrecer, entregarse con despecho a algún afecto, sentir horror. El prefijo ab connota cierta propensión al movimiento, algo así como dirigirse al horror. Algo así como moverse hacia la inmovilidad.



Mi inclinación a las ciencias ocultas, por ejemplo la metafísica, la astrología, la etimología y el fútbol, data de mi más tierna edad. De aquellas épocas doradas en las que el mundo no era esta ciénaga incandescente sino un murmullo vital de infinitas posibilidades, guardo la siguiente afirmación, por cuya defensa aún hoy soy capaz de irme a las manos: el aburrimiento (o sea, el horror) tiene que ver con el ahorro. Más allá de la estética rima interna, permítaseme no entrar a discutir esta afirmación.



SI quisiera justificarme, podría decir: aburrimiento deviene también del latín (p)orrigo: extender, exponer, arriesgar, perder, malgastar tiempo o dinero, tiña (enfermedad contagiosa que ocasiona la caída del pelo ), herpe (erupción cutánea).

Establezcamos que asociar ahorro y horror es una petición de principio del mismo orden que “existe algo que denominamos Dios, y que es infinitamente bondadoso”. La misma clase de arbitrariedad diarreica, digamos.



Iggy Pop tuvo un moderado éxito con su canción "I'm Bored". Durante sus performances en vivo se quitaba la ropa mientras cantaba de forma monótona "I'm bored, I'm the chairman of the bored".

El argumento obvio: el aburrimiento es uno de los más sublimes sentimientos humanos. Al no poder estar satisfecho con nada de lo que lo rodea en este mundo y en trasmundos eventuales; al considerar el espacio circundante como inconmensurable y caer en la cuenta de que todo es poco; al acusar a cosas, acciones y personas de nulidad e insuficiencia, todo esto inviste al aburrido del mayor signo de grandeza concebible. Ni siquiera el más allá insondable me consuela. El mundo me queda chico. Me tira de sisa.



“¿Cuál es la política del aburrimiento?”
Grafitti callejero en una pared de Buenos Aires.



Para seguir jodiendo con la etimología (que al final me gusta tanto, seamos honestos), y sin forzar demasiado los términos, se puede deslizar el hecho de que aburrimiento es el antónimo de entusiasmo. Como todos sabemos, entusiasmo “viene” del griego y quiere decir, más o menos, “tener a Dios adentro”. ¿El aburrimiento será algo así como tener el diablo adentro? ¿Ahorrar sería un pecado, entonces?



¿Cuál es la mejor foto que no sacaste?



El argumento aburrido: el aburrimiento neurótico resulta de la desaparición de la meta pulsional, con lo cual la persona aburrida busca un objeto que lo ayude a encontrar la meta de la que carece. Sabe que quiere algo, pero no sabe qué. A diferencia de la apatía, en el aburrimiento hay entonces intranquilidad, tensión y hasta irritabilidad.

Como dice Cioran: los charlatanes no frecuentan farmacias.

Tarea para el hogar: analizar la teoría de los medios superyoicos del “buen encauzamiento”.

La explanación del sentido del aburrimiento contemporáneo tenemos que buscarla, forzosamente, en los medios contemporáneos de intercambio masivo. Internet, y a la sazón, el surgimiento de las muchedumbres instantáneas que propicia, es el médium perfecto para canalizar el tedio globalizado y falsamente democrático. Internet aburre. Y las ciberturbas, convengamos, están lejos de ayudar a que prenda la revolución, no porque la mera acumulación de individuos presuponga el encendido de alguna chispa, o sea en sí misma una potencial fuerza revolucionaria, sino porque la ceguera pragmática no proviene estrictamente del aburrimiento sino de la mera estupidez.

Le podemos advocar a la Internet, con benevolencia caritativa, y sólo en ciertos pliegues periféricos, el adjetivo “rebelde”, jamás el de “revolucionario”. La masividad permitida por los micro poderes dominantes siempre es, o bien consolatoria, o bien dormitiva.

¿Anarca? Tal vez, si sólo nos encontráramos con esta clase de acontecimiento, basado sólidamente en el aburrimiento: un día de junio de 2003, en Boulder, Colorado, EEUU, una ciberturba se reunió a las 16.28 en punto. Señalando el cielo gritan: Es un pájaro. Es un avión. No, es Superman. A las 16.38 se dispersan sin mayores incidentes.

El argumento Kierkegaardiano: el mundo existe gracias al aburrimiento. Dios estaba aburrido y creó al hombre. El hombre estaba aburrido y reclamó la creación de la mujer. La mujer finalmente se aburrió (no tenía amantes a mano) y allí hizo su aparición la serpiente. Y así ad nauseam.

No soy dios, eso lo tengo claro. Cuando me aburro sólo suelo tomar mate y papar moscas. Como ahora.


miércoles, noviembre 29, 2006

Dis-frases del alma




Un escritor que no escribe es una provocación a la locura, ha dejado escrito Kafka. Cada tanto me pregunto qué habrá querido decir. Hoy es uno de esos cada tanto.

Un enfermero con nariz de payaso sostiene un espejo con mango en el que una corista pretenciosa de los años 20 da los últimos retoques a su peluca a la garçonnière.



Un joven asturiano se disfraza de ducha. Levemente drogado deambula por la fiesta llevándose por delante el vano de todas las puertas, con un cigarrillo en una mano y una jarra de cerveza en la otra.



Uno de los mayores logros del capitalismo es que los objetos de uso cotidiano duren cada vez menos, de modo que tengamos que comprarlos para reponerlos con mayor asiduidad. Sobran los ejemplos.



“A dichos indios no se les pudo comprender cosa alguna de su lengua, ni tampoco qué nación era; y sucedió que a las primeras veces que se vieron con la gente, oyeron una india que dijo ‘adiós paisano’, y habiéndola solicitado no la pudieron hacer decir otra palabra mas que la dicha, la que repetía a tenor de la gente nuestra que le preguntaba, ni fue posible comprenderla quien se la enseñó, o a dónde la aprendió, ni que hablase otra palabra en castellano, aunque le dijeron muchas, por ver si las entendía y tampoco lo consiguieron”.

En AAVV, Colección de viages y expediciones a los campos de Buenos Aires y a las costas de Patagonia, Pedro de Angelis editor, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1837.



Entre los primeros vandalismos inversos organizados por el virrey Vértiz y los últimos crímenes cometidos a principios del sigo XX en el Chaco, pasando por la campaña programática de asesinatos liderada por Roca, tenemos otro célebre eslabón en la cadena del exterminio de los habitantes originales de este territorio: Rosas. Como todos sabemos, Pedro de Angelis fue su secretario personal, de ahí la relativa pertinencia de la cita.



No entiendo tu lenguaje, vos no comprendés el mío, yo tengo el poder de borrarte de la faz de la tierra, parece decir este texto. Como siempre: el crimen (cualquier crimen) sólo puede ser ocultado con mentiras. De lo que se trata aquí es del lenguaje del dinero, mediado por la posesión de tierras, que esos indios inútiles ocupaban insensatamente.



Son dos personas las que hablan, y dicen:

Ella (dándose vuelta en la cama): - Entonces, ¿vos me amás?

El (pensando “claro, boluda”): - No sé.


viernes, noviembre 24, 2006

Desengaño de las mujeres


Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.

Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.

Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado

si de otras tales putas me pagare,
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.


Don Francisco de Quevedo y Villegas


(dedicado con todo respeto a mi amigo personal, el señor J.)

Soneto lluvioso hecho al itálico modo




Enlutados ademanes pesarosos

con que el clima acompaña mi quebranto

clamo al cielo con ojos ojerosos:

dejate de joder con tanto llanto.


Para males ya tengo de bisagra

la triste noche de tu adiós inventariado

y encima debo usar paraguas,

gotas de mierda cayendo de costado.


Me corro y me desangro por tu ausencia,

apenas una nota sin palabras

con un imán pegada en la heladera


me dejaste, astilla en el cor clavada.

Y llueve, desde arriba y desde abajo

mojado todo yo para el carajo.




jueves, noviembre 23, 2006

Aporte al ahorro de energía: varios poemas en uno (arme el suyo, no sea miedoso)


Tiembla lucecita

en tanto derramábase tu cuerpo

penumbral que fue apagándose en cuanto

debajo del tiempo te toco

te destoco sarpullido de dios suavemente

imagino mundos fatales en los nudos de tu madera

tu del lado de afuera piel

sarracena grajea a punto de

como animal baleado confundido me demoro

la varia baba circundante en tus despueses

veo no veo veo no veo ya sin parpadeante

luz añoro lo que antes eran bisectrices

que no veo en tus hombros que no veo

salpicón las más veces alunarados

fui disfraz de puchero imagino

no veo porque ya dije que

me condeno a palidecer eternamente en el infierno

sólo tocarte sin tocarte lejos, a espaldas del mundo

tacto monacal scalextric infinito

zum pasa sin dejarme otra cosa

que el dulzor lo que no puede saborearse ya más

hueco inmemorial que recuerdo lejanía

ya no luz sólo memoria.


Profesiones


Equilibrista sobre un cable pelado.

Payaso que desayuna bebés recién nacidos.

Yo-yo para dinosaurios mancos.

Mezcalero chichimeka, perro sucio, incivil.

Escribidor sin nada para escribir.

Enfermedad grave, pero curable con el tiempo.

Ocasionalmente fui, para ciertas personas, el opuesto de un déjà vu, o sea un jamais vu.

Marcador compulsivo de un único número telefónico.

Síncope sano y salvo.

Rememorador de frías estadísticas sexuales inventadas.

Ángulo flotante entre la Escuela Científica Basilio y la Rosicrucian Fellowship.

Carterista vocacional de bajas calorías.

Pájaro cucú que nunca salió a dar la hora.

Palpitación japonesa, es decir: tic sin tac.

Intervencionista con coqueterías satánicas.

Vueltero a la manzana, pero sólo una vez, a los 8 años, sólo para volver a ver unas trenzas rubias.

Sindicalista part time, bon vivant y sarasasero.

Escena escrita por Kubrick y filmada por Enrique Carreras.

Ahora soy algo para lo que no hay definición posible.

Si post fata venit gloria non propero.

martes, noviembre 21, 2006

De partibus orationis ars minor


A los costados se desliza el desierto, como una película monótona, imprecisa e infinita. Bajé las ventanas de la chata cuando salí de Rawson, a media mañana. Me encantaría decir que se rompió el aire acondicionado, pero la verdad es que esa Fiat 125 multicarga pintada de amarillo huevo, y cargada de mercancía para vender, nunca lo tuvo. He tomado la ruta 25 para llegar, en algún momento impreciso, a Corcovado, cerca de la frontera con Chile, en medio de la Cordillera.

Tengo que cruzar toda la provincia de Chubut, desde el mar hasta las montañas, parar en varios pueblos y ciudades intentado alivianar el peso de la camioneta y engrosar el contenido de mi bolsillo. El primer destino, Trelew, me recibe dignamente. No pierdo demasiado tiempo aunque haya tenido que pasar por varios domicilios. En Dolavon los problemas se empiezan a esbozar: no encuentro a mi cliente. Cuando lo encuentro ya es casi mediodía. Decido comer algo antes de salir a Las Chapas. Como un sánguche de milanesa cuya carne parece haberle sido extirpada en vida a un guanaco. Lo bajo con una bebida cola cuyo nombre olvido al instante.

Ya en el camino, el desierto empieza a trabajarme la mente. El ulular que produce el viento con la ventanillas bajas me da somnolencia. Hace varios días que estoy manejando por la Patagonia, y empieza a hacerse sentir el cansancio. Es posible, también, que los 25 años que han pasado desde este momento, en que crucé por primera vez el desierto patagónico, hayan provocado adulteraciones en el recuerdo.

Llega por fin Las Chapas. Previsiblemente, la gran mayoría de las casitas tienen techo de chapa. Un solo cliente, por supuesto: un chileno de bigotito esquivo y maneras redundantes, que me propone las más dúctiles excusas para no pagar. Después de una pava de mate consiente en hacerme un cheque a 792 días. Cuando me extiende el papel sólo puedo ver la cifra garrapateada y el nombre de un banco del cual desconocía su existencia hasta este momento. “¿Es bueno, no?”, pregunto estúpidamente. Me responde una sonrisa desdentada.

El sol empieza a bajar cuando llego a Las Plumas. No es difícil encontrar el negocio de quien vengo a buscar en un pueblo de menos de 100 casas. El problema es que mi cliente, de nombre turco con demasiadas consonantes, ha ido a buscar, o a llevar, algo a Las Chapas. Ha de haber sido el único coche que me crucé en el camino, un Ford Fairlane que alguna vez fue negro. Me resigno a esperarlo. El viento sopla en el desierto; con la caída del disco ardiente del sol en el medio de la tierra calcinada llegan al teatro de la mente los pensamientos más inverosímiles, alucinaciones hechas de palabras en las que se mete como una cuña el aire caliente cargado de arenisca.

¿Esto me ha pasado alguna vez a mí, hace unos 25 años? ¿Estuve alguna vez en la puerta caliginosa de un boliche de ramos generales de un pueblo perdido en el sur, esperando a alguien que no conozco? ¿Es verdad que vi pasar, a contraluz de la dudosa luz del atardecer, a una mujer en ojotas arrastrando a una nena que se limpiaba los mocos con una muñeca de trapo? ¿Será verdad que, después de tantos años, recuerdo haber pensado “Quisiera ir a un lugar donde no tenga que apoyar los pies sobre la tierra”? ¿O lo soñé ayer, después de una mala noche, y ahora siento como si esta pesadilla me hubiera ocurrido realmente?

Por fin llega el Fairlane ceniciento, y con él, Abdljalek. Después de interminables gestos de fingida amabilidad, declamada para demostrarme contradictoriamente que no está para nada feliz con mi sorpresiva presencia, resuelve pagarme la mitad de lo que me debe con un cheque para el año que viene, y contra un banco más ignoto que el anterior. Veo la cifra, la firma, la fecha y el logotipo del banco, que se parece a la carcajada de un desquiciado.

Tengo que hacer noche en Las Plumas. Le pregunto a Abdljalek dónde. “En lo de Sandojé”, me dice, y me da las señas. Es como si el viento hubiera hecho chocar varias taperas y luego le hubieran derrumbado los muros interiores. Cuando entro escucho el clack-clack de unas bolas de billar y siento, abrasadoras, cómo se me clavan unas cuantas miradas borrosas por el alcohol. Sandojé resulta ser un gitano ladino e ingenuo a la vez. Después de regatear consigo cama, cena y desayuno por unas monedas. Insiste en convidarme con una de las mujeres aindiadas que se amontonan en un rincón al que no llega la luz. Paso, le digo, con la voz más grave de la que soy capaz, para no parecer que me niego por puto.

De cena, milanesa con papas fritas a caballo y dos vasos de vino turbio. La cama está en un rancho apartado, sin ventanas, de piso de tierra, no tiene picaporte y mucho menos cerradura. El baño es un cuchitril debajo del único árbol que he visto desde que salí de Rawson. Me acuesto vestido. Me duermo después de acostumbrarme a los sonidos que va dejando el viento a su paso. Tengo pesadillas. Me despierto al amanecer, con la boca reseca.

La ruta se vuelve incandescente. Un decorado barato de película de ciencia ficción. Parece que estoy en una cinta sin fin atravesada por un viento cada vez más violento. Tengo que cerrar las ventanillas. Empiezo a transpirar a gritos. Veo un cartel fugaz: “Próxima estación de servicio YPF Pampa de Agna: 250 kilómetros”. Golpeo el vidrio redondo del medidor de combustible. La aguja tiembla y se estaciona en tres cuartos de tanque. Llego.

Viento, como si fuera el mal en estado puro, invisible, estrepitoso, omnívoro. Viento de frente, a más de 120 kilómetros por hora. Aprieto con insistencia el acelerador hasta el piso. Consigo una máxima de 55 kilómetros por hora. Veo cómo pasa Paso de Indios, el macizo Los Altares, esculpido por milenios de viento como el que ahora golpea contra el vidrio y arranca, como si fueran palitos chinos, los limpiaparabrisas. Ahora sólo puedo pensar en el aire, que se ha puesto violento, y en las cuentas que hago para llegar a la conclusión de que no puedo volver atrás y que pronto me voy a quedar sin nafta. Cuando termino de pasar un cartel que dice “CAJÓN DE GINEBRA GRANDE 15 KM” atravesado por media docena de balas, el motor tose dos o tres veces y se detiene.

“En el medio de la nada” es una frase hecha. Una de las tantas maneras de decir “lugar más o menos desolado”. Yo puedo decir, con cierta autoridad, que mi Fiat multicarga se quedó sin combustible en el medio de la nada. Y, también, puedo decirlo, en la nada el viento sopla ferozmente. Resignado, me bajé. La puerta, como si estuviera siendo empujada por una manada de rugbiers, se resistía. Quise levantar el capó. El viento hizo que se rompiera el soporte. Me tiré encima para que no se volara. Estar afuera era absurdo. Me senté en la cabina. Prendí un cigarrillo y empecé a recordar historias macabras de viajantes varados en la mitad del desierto. Pasan las horas. La nada no se retira. El viento no amaina. Me adormilo. Sueño que el desierto es un cartón amarillento meneado por un ventilador.

Escucho el rechinar de unos frenos y siento, antes de ver, una sombra de animal prehistórico a mi lado. Del otro lado del vidrio, veo cómo un hombre con barba de una semana y el pelo como una medusa abre y cierra la boca ampulosamente. Separa los labios redondeando la boca, luego los dientes superiores se pegan al labio inferior, luego una puntita de la lengua sobresale apenas de los dientes amarillentos y por fin redondea la boca otra vez. Repite el movimiento, cada vez más ostensiblemente. Bajo el vidrio un par de centímetros y después de un par de nuevos intentos, porque el viento ya parece la grabación deformada de un barítono drogado, escucho la palabra mágica: “Nasta”. Sí, digo en voz baja. Sí.

La cabina del Ford canadiense de la década del 40, porque finalmente el animal prehistórico resultó ser eso, está repleta de gente. Calculo que habría unas 7 u ocho personas. Se abre la puerta y el barbudo es expelido por la presión. Cae entre dos cráteres del asfalto y el viento lo voltea. Se levanta y me hace una seña para que lo siga. Atrás, en la caja de la Ford se apilan uno arriba de otro, literalmente, una incontable cantidad de seres humanos tapados por una lona mugrosa. Andrajosos, sucios, desencajados, se apiñan como animales salvajes arrinconados. Hago un gesto de asombro. El hombre con pelo de medusa grita: “Chilotes, para la esquila”. Golpea un poco al azar partes de cuerpos hasta que el mazacote humano hace un hueco y aparece, empujado por fuerzas invisibles, un bidón lleno de líquido azulado. Nafta. Sí, me dice el barbudo, 20 litros. 10 dólares el litro.

Ya atardece. Pasé por Pampa de Agna, El Molle y Tecka. El camino a Corcovado es difuso, me pierdo varias veces. La arenilla que levanta el viento me ha dejado un ardor insoportable en la cara. Prendo un cigarrillo con una mano que sigue temblándome. Voy a una estancia de los Menéndez Behety. Estoy a punto de encontrarme, a la vuelta de este camino ya montañoso, una escena absolutamente increíble.

Pero esta ya es otra historia.


Partes orationis quot sunt?

Octo.

Quae?

Nomen, pronomen, verbum, adverbium, participium, coniunctio, praepositio, interiectio.


martes, noviembre 14, 2006

Kiné



Los Velázquez es una película que filmó Pablo Szir entre 1971 y 1972 en el Chaco. Está inspirado en el libro Isidoro Velázquez, formas prerevolucionarias de la violencia, del sociólogo Roberto Carri (desaparecido, padre de la realizadora de Los Rubios, Albertina Carri). De Los Velázquez sólo existían el negativo de la película y su copia positiva para el trabajo de montaje. En 1976 Pablo Szir fue secuestrado, y junto con él el negativo. La copia positiva fue destruida por el compaginador debido al peligro que significaba.

Mientras tanto, algunos largometrajes del señor Ramón Palito Ortega:
Dos locos en el aire (1976)
Brigada en acción
(1977)
Amigos para la aventura (1977)
El tío Disparate (1978)
Las locuras del profesor (1979)
Vivir con alegría
(1979)
¡Qué linda es mi familia!
(1980)

¿Pablo Szir habrá sido asesinado cobardemente entre la filmación de Dos locos en el aire y la de Brigada en acción? ¿O entre la de Amigos para la aventura y la de El tío Disparate?

Quiz Show: ¿cuál fue la película más taquillera entre los 219 largometrajes nacionales estrenados durante la dictadura? Respuesta: La fiesta de todos (1979), panfleto que tiene como eje la conquista del título mundial de fútbol de 1978, con más de 1.800.000 de espectadores.
¿Su director?: el señor conocido por el nombre artístico de Sergio Renán.

Raymundo Gleyzer dirigió en 1975 la película Me matan si no trabajo y si trabajo me matan. Fue secuestrado en 1976.

Jorge Cedrón dirigió en 1979 Resistir. Murió, en circunstancias nunca del todo claras, al año siguiente, exiliado en París.

Vicente Vigo regresa de un viaje por Europa para adquirir material cinematográfico para distribuir en nuestro país. El resultado se lo cuenta a la revista Heraldo del Cine, Nº 2269, 24 de marzo de 1975: “Fui a buscar películas sin sexo, sin desnudos, sin violencia, sin karate, sin complicaciones políticas, sin crítica social, sin crítica a las religiones, sin crítica a países extranjeros, sin músicas extrañas, sin cuestionamientos, sin contestación, sin protesta, pero que aun así tuvieran interés para nuestro público, y no las encontré”.

jueves, noviembre 09, 2006

Natura morta con uva bianca



Sonido ambiente de cigarrillo consumiéndose.

Tenga un ecofuneral de alto impacto: entiérrese en un lugar solitario y déjese morir, para facilitar la recomposición natural del paisaje.

No. Decir siempre que no. Fijar el límite del deceso del lenguaje.

A alguien se le empiezan a morir partes del cuerpo, que hay que ir amputándole periódicamente antes de que se le descompongan. Me han sugerido que esto no es espontáneo, en el sentido de que el mismo cuerpo lo propicia, abandonando sus partes al devenir.

La mañana que no ves, el infierno que no ves, el silencio que no ves.

Según el saber popular el cuerpo humano tarda 9 meses en descomponerse, idéntico plazo que su gestación. Las palabras a veces tardan más. O menos. Y no se desleen en otra cosa, como la carne, sino en la misma, pero degradada.

En el cuarto informe del MOMAF (Ministerio coreano de Asuntos Marítimos y Pesca), publicado el 5 de abril de 2006, dice (no sé si textualmente, porque tengo serias dificultades con el idioma coreano): Más del 90 por ciento de los organismos mueren tras la desecación de la zona intermareal. Según los modelos de cálculo de los investigadores holandeses, en la mayor parte de la zona intermareal se produce una muerte masiva de los organismos por desecación o por efecto del agua dulce. La descomposición de estos organismos consume oxígeno. En el proceso de descomposición se liberan sustancias que sirven de abono a las algas y que pueden dar lugar a una fuerte floración de plancton. El fitoplancton muerto se incorpora de nuevo al sedimento, en cuya descomposición se vuelve a consumir oxígeno. Esta “reacción en cadena” conduce, en última instancia, a unas condiciones anaeróbicas.

De donde se desprende: ¿la muerte de un animal cualquiera, pongamos un fitoplancton, es equivalente a la de un ser humano?

Un cuerpo es una nación, y no a la inversa. Usa una misma lengua, pero no un mismo lenguaje; tiene un idéntico origen, pero es oscuro y compartido; notoriamente comparte consigo mismo un territorio, aunque en algunas ocasiones éste pareciera derramarse por el mundo. Las comparaciones suelen ser confortablemente idiotas: un cuerpo no es sólo una nación, sino un país, un estado, una región. Un mero estado de la mente.

Patriotismo y enchiladas.

La idea de que luego del final hay un renacimiento, de diversa índole según los casos, y ampliamente extendida en las religiones formales e informales, no es consolatoria sino, más bien, todo lo contrario. Pienso en volver a este mundo una y otra vez, incansablemente y sin mi consentimiento, y siento náuseas.

Lo parió, me puse cariacontecido. Uno de estos días me voy a fregolizar frívolamente leyendo 7 días, tomando sevenáp, videando Se7en, 8 ½ o The Ten Commandments.

Cita culta como cicuta, que nunca te falte en los vernissagés: el histriónico transformer italiano Leopoldo Fregoli (1867-1936), ha dejado escrito "El arte es vida, y la vida, transformación". De donde se sigue: un artista es un travesti. Quod erat demostrandum.

Se rumorea que la próxima cinta de Roberto Benigni tiene como título tentativo La morte é
bella.

Another to-do list, ain’t it?

lunes, noviembre 06, 2006

Brevísimo tratado de providencia contra fortuna


El sol se va acercando a la arena,
el viento mueve las hojas del árbol.

Soy un mecánico cuadripléjico anestesiado
sinsaboreando los rescoldos de la vida.

Cuatro adolescentes bolivianas vestidas de brujas en la noche de jálouin caminan ateridas por los bajo fondos del Abasto chillando trick or treat a los gatos ensimismados en tachos de basura.

Todo se complica, innecesariamente.

Acto temerario y casi imposible: tomar agua de la canilla y pensar sólo en el agua que se está tomando.

En el mundo de la hiperdeterminación existe súperman, en el de la indeterminación hay grupos de mujeres piqueteras pidiendo por pan y trabajo. O sea, una de titanes en el ring: Nietzsche vs. Rosa Luxemburgo. Traducido al argentino: Duhalde vs. Elsa Orozco. Dicho sea con todo respeto, no?

Almuerzo de hoy: ensalada, que como sin mirar, sin saborear, sin oler. Sólo la echo entre pecho y espalda. ¡Y luego me regodeo pensando he hecho una comida sana!

Hay un tipo en mi cabeza que no sé quién es. Parece que está medio chalado.

Toalla y a la calle, como dice el aplicado peluquero de C. (Pronúnciese toasha y a la cashe, con cierto amaneramiento, ov cors)

jueves, noviembre 02, 2006

Prólogo imaginario del libro "Instrucciones para un fusilamiento"


Se citan nombres, es verdad, de diversas personas que estuvieron a uno u otro lado de las balas, pero lo que de cierto hace que este escrito sea literalmente devorado no es tanto ese anecdotario funambulesco en torno a presuntas luminarias fusiladas o fusilantes, sino la música que centellea, súbita, enigmática, a ciertos intervalos, en frases que en un primer análisis parecen meramente técnicas (id est, en el parágrafo 4.1.1.34 que explica en detalle cómo ha de rematarse en la sien a los sujetos que se resisten estúpidamente a las descargas de rigor).

Otro de los brillantes señalamientos de este trabajo depurado es que no es moco de pavo andar fusilando gente. Uno dice es fácil, pero no. Un abundante listado de bibliografía, entre la que no puede dejar de citarse el famoso Penderfield Procedure, el flemático y certero Cómo ahorrar balas en poblaciones indígenas periféricas y, sobre todo, el clásico de todos los clásicos, Muerte al atardecer, serpentea en el texto sin sobrecargar innecesariamente una exposición lúcida, didáctica y amena. Las citas y notas a pie de página no son sólo una autoridad en la que apoyar el propio razonamiento, ni una coquetería intelectual, sino un sutil entramado intertextual en el que afloran aquí y allá apologías, rechazos y regurgitaciones.

Uno de los tramos más sustancioso de este espléndido libro es el que explora las posibilidades estéticas, jurídicas y semióticas del mal llamado fusilamiento en defensa propia, que no debe ser confundido bajo ningún aspecto con el retrofusilamiento, o fusilamiento invertido. Las minucias de jurisprudencia hermanadas a las contingencias artísticas derivadas de este modus operandi brillan al vuelo de pluma versátil del autor, experto mundial en la materia.

Los detalles casi abstractos tales como la selección de postulantes, el posicionamiento rodilla en tierra, horas apropiadas para un correcto fusilamiento, calibres adecuados, uniforme a usar según la época del año, etc., son tratados con parsimonia profesional, pero sin alambicamientos ni barroquismos. Entendible para el común de los mortales, se traza en el apéndice, que curiosamente está al principio, una planificación estandarizada para que cualquiera pueda organizar un fusilamiento amateur en el fondo de su casa, sin mayores pretensiones, es cierto, pero con todos los detalles de un procedimiento profesional.

Pero si hay un mensaje diáfano que este libro nos deja, por paradójico que sea, es el siguiente: no hacen falta balas para fusilar a las personas de bajo poder adquisitivo.

Para la correcta intelección de lo que antecede se recomienda el abuso de alcohol, barbitúricos, enemas de jabón, sedantes o la visión ininterrumpida durante 3 horas (al menos) de canal 7. Esto tendría que estar arriba de todo, pero bué.

martes, octubre 31, 2006

Otra poesía sin nombre del magnífico Fok-Hiu


Jano portero del cielo
legión de café con leche
macarena aceitunada sin membrete
salir de la autopsia
avante con el tópico leguleyo
sambuca de hospitales
cuando no
calavera no chilla
buche tengo bucólico sin su voz
lo venir avenir no sea
gracias perdón aleluya
cosecha de cicatrices azuladas
hechas por matarifes confianzudos
máscara prieta partida por las puntas
afilo los labios en carne viva
carajos que ruedan en adoquines agrios
yo te invito al cha-cha-chá siniestrado
me tomo una víspera en las rocas
los segundos que pasan me desnutren
fuerte ese aplauso para
esta tecnología del sufrimiento
como siempre bifronte Jano.

lunes, octubre 30, 2006

Ab sense


exquisitas vacaciones de los sesos

en el instante lacio de las glosas traqueteadas

quejas puestas sobre el chorro helado

la espalda en el pasto en llamas

sufridas cuestas que se alzan

en el aire despreocupado atropellado minucioso

(¿por qué no se escribe en hojas redondas?)

deslumbramiento cómodo de lo de siempre

bermejos terrores prioritarios

donde cae el desafío muñoncito de sol

judoka tarambana de palabras amaneradas

curador de esgunfios pasteurizados

émulo sin par de pastiches medio pelo

corcoveo pedorro mil veces desmentido

me moría y un tipo me salía de adentro

ponía cara de soñador de canal privado

y goteaban sonidos plasmáticos incandescentes obvios

ya gastados

no soy yo me disfrazo me esfumo me circunloquio

me tomo mi sopita de cotorra mal entretenida

copio anzuelos infiernos décimos muñecos de plastilina

me abstengo de las comas idiota pedigüeño estilizado

palabras velcro palabras moquette palabras diletantes

palabras minga de palabras

escribo en ausencia de mí

viernes, octubre 27, 2006

Canon




Qué lindo sería


que hubiera


un mejoralito


para el alma.

jueves, octubre 26, 2006

Volare



Vergüenza debiera darte
flotar acalorado, jodiendo con la gravedad,
despegado de la tierra, brilloso de sudor,
abanderado de los santos botones explosivos.
¿No ves que te levitan pedos místicos, te llevan
hacia arriba
para quemarte las alas en un cúmulo-nimbus alcanforado?
Qué carajo hacés ahí arriba,
decime.
No grites “detesto el cielo”,
exaltado antisocial angelito ensangrentado,
Embarazo de patitas de pollo tenés,
catador top ten de snacks vencidos.
Qué hacés, por favor, bajá,
pedazo de hijo de puta remil,
sandía voladora de piso erosionado,
volcán con paperas, gabinete retacón repleto de naditas,
bajá.
Puto, bajá, no nos dejes acá.

miércoles, octubre 25, 2006

La felicidad era así


Yo tenía ocho o nueve años. Los viernes a la noche ponía el despertador a la misma hora en que sonaba los días de escuela. El sábado, el reloj obediente empezaba a tronar a las 7 en punto. Durante un par de segundos se entrechocaban la duda cronológica, el sueño, las ganas de seguir durmiendo. Pero era sábado y con el mismo gesto de cachetear al despertador, llegaba la certeza de que iba a poder seguir durmiendo hasta que se me diera la gana.

Después, quizá alrededor de las 10, me despertaba definitivamente. Al lado del reloj Jazz, made in Switzerland, 17 jewels, estaba el montoncito de libros. Elegía uno casi al azar. Levantaba la cortina. Me volvía a acostar. Leía hasta que el llamado a almorzar se volvía abrumadoramente insistente.

martes, octubre 24, 2006

Fragmentos de una novela fragmentaria. (Hacia una literatura homeopática)


m) La memoria es un fisicoculturista manco, por lo que muchas veces necesita ayuda extraordinaria para cumplir su atroz cometido.

56) Capto, entonces, el instante a partir del cual la luz, habiendo tropezado con un acontecimiento verdadero, va a apresurarse hacia su fin. Ya llega, me digo, el fin viene, algo sucede, el fin comienza. La alegría me embarga.

iv) Llego, entonces, a la conclusión absurda, porque toda conclusión es siempre absurda, de que la historia ha ocurrido así, más o menos. Y que uno le presta atención a un relato únicamente porque termina, cuando ya no importa demasiado que hayan quedado cosas sin contar. Para poner interés en algo aburrido, homogéneo y sin fin, tengo mi vida. Es por eso que esto tiene que concluir de algún modo.

3.5.2.1 A la salida, el canillita seguía aterido y somnoliento, abrazado a los diarios como un náufrago a un ataúd de madera.

VII) La llovizna cae, irreal, detrás del vidrio empañado del aliento que, con un ritmo espeso y contradictorio, hace subir y bajar su pecho desnudo.

h) En lo que podría llamarse con benevolencia la pista, una pareja bailaba como en trance. Él era alto y flaco, y arqueaba la espalda para poder abrazar decorosamente a una mujer petisa vestida como una barbi epiléptica. Al intentar besarla el hombre tenía que dejar de bailar y arqueaba las piernas de una manera ridícula.


*) Hacete el que no estás mamado, le digo a Vicente, y decime la verdad. Sin quererlo, sonrío. Creo que estoy en el camino correcto, y me equivoco. El se retrae en el silloncito de metal, gime, toma un trago de cerveza ya tibia, se lleva algo a la boca. Juan, capítulo dieciocho, versículo treinta y ocho, dice Vicente, y prende un cigarrillo, Pilatos le preguntó a Jesús ¿qué es la verdad? y no obtuvo respuesta. Se agarra el dedo gordo y dice Jesús no sabía qué cosa es la verdad, se agarra el índice y dice sabía pero no quería o no podía decirla, se agarra el mayor y dice Pilatos sabía qué cosa es la verdad y no tenía interés en escuchar la respuesta de Jesús, se agarra el anular y dice Pilatos sabía que no se puede explicar la verdad, porque no existe. Mastica y fuma. Mira para otro lado. Me empiezo a marear. Me mira, sonríe, teatral, se agarra el meñique y dice los dos sabían que la verdad no existe, por eso Jesús se calló y Pilatos no esperó su respuesta. Lástima que no tengo un sexto dedo, si no podría decir que Jesús respondió algo que el farsante escribidor del Evangelio omitió. Y suelta una risa cascada que se resuelve en toses y carraspeos.

&) Lo que nosotros conocemos por desesperación, cuando somos conscientes de ella, es ya un lenguaje ampliamente articulado. Y, por paradójico que pueda parecer, es también el mutismo original, un grito sin sonido, un instante inmóvil siempre volviendo a venir sin venir. Es, finalmente, la voz vacía que funda todo relato porque, contra lo que se piensa comúnmente, un relato no ancla su origen en una sucesión de acciones ocurridas en el campo de la percepción de un sujeto, sino en ese silencio desesperado y exigente del que todo mana y nada puede ser dicho sin traición.


A) La desesperación anestesia.

lunes, octubre 23, 2006

Otro maravilloso jaicu de Fok-Hiu


Me pisan un pie,
me pongo a pensar:
me pisan el otro pie.

viernes, octubre 20, 2006

(T)autográficos caramelos mu-mú



Muy muchacho mudé muertos,
mundanos muladares.
Muñí muescas, muérdagos , muleros;
musas mulatas mujerié,
muelas mustias muré:
mugiéronme muchas multas musulmanas.
Murciélago mus, museos murales:
muté múltiples muros murcianos.
Mullido muaré,
musicalicé muñeiras,
muflas mugrosas.
Murgueo muchas muis museales.
Murria muca: Muriel murió, muñeca musgosa.

miércoles, octubre 18, 2006

Scritte Bizzarre


1) Yo creo en las hormonas, no en los sentimientos. (E dixit)

2) En una casa en la que mascotea un bull terrier hembra traen una cotorrita bebé. Aunque sus dueños sienten temor de que el bravo canino se la manduque, dejan al ave cotorrear a su antojo. La perra, contrariando los temores de sus dueños, se aficiona a las plumas multicolores. Tanto, que al cabo de unos días desarrolla un embarazo psicológico (o como coño se llame en un animal). Tanto, que una mañana lluviosa los amos descubren a la perra amamantando dulcemente a la feliz entenada.

3) Efectos indeseados de gúgl: buscando los versos que siguen, del bolero Vete de mí, en la interpretación hipocalórica del señor Ignacio Villa (a.k.a. Bola de Nieve):

Seré en tu vida lo mejor
de la neblina del ayer
cuando me llegues a olvidar:
como es mejor el verso aquel
que no podemos recordar

...choqué con lo que sigue:

La siguiente poesía fue publicada en la antología Los Nuevos Escritores Latinoamericanos 2004 (Tomo I) editada por la Editorial Nuevo Ser:

Búscame en los lugares,
donde no quedan caminos,
que se accede con el alma
siendo puro y no muy rico.

Búscame en los lugares
que no hay luces ni sonidos,
solo la música del viento
más allá de los sentidos.

Búscame en la tierra
que es blanca cuando hace frío,
que oculta una gran vida
y reverdece contigo.

Búscame en la tierra
con sabor a noble trigo,
tan sólo tu piensa en mi
seré tu más fiel amigo.

Nota Bene: para su mejor intelección fueron corregidos algunos errores de ortografía. Se dejan intactas algunas inconsistencias gramaticales y todos los exabruptos de versificación perpetrados que, con toda seguridad, refuerzan el dramatismo intrínseco de estos versos, efecto sin duda buscado por su autor, el célebre Marcelo Alejandro Falappa (no, Falopa no, Falappa)

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4) Hace años que saco el jamón de los sánguches. (V(2) dixit)

5) Un conferencia de personas que no pueden moverse. Discurren cómo hacer mejor la revolución.

6) No es necesario comer. No hay metabolismo. Las fuerzas se sacan de uno mismo hasta el final.

7) "Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos": Celedonio Pereda, presidente de la Sociedad Rural Argentina (circa 1976), dixit.

martes, octubre 10, 2006

Jaicu plus



Feliz es el hombre
que no puedo ser,
en el sueño me oigo.


El día que nací
me tuve que salir de padre,
en los días que siguieron
me fui saliendo de madre.

viernes, octubre 06, 2006

Anotaciones para un día soleado pero ventoso


"Sus palabras están volviéndose un dialecto sin traducción". No sé por qué uso comillas. Ha de ser porque estoy pensando en una comedia que haga llorar.

Una píldora para el arzobispo.

En pleno invierno de la autoconmisceración escuchar la estática de discos viejos, masticar Renomé de anís, mirar fijamente la incandescencia de un soldador soldando.
Tener en cuenta que la palabra autoconmisceración en realidad no existe.

Luego de admirar auditivamente Modern Times, del señor Robert Zimmerman, leo que ha tomado prestado algún que otro recurso, entre otros, de un oscuro poeta estadounidense del siglo XIX. Eventualmente, Lennon tenía razón: no se puede confiar en nadie, ni siquiera en Zimmerman. Y, si no, escuchar al Indio Solari “interpretando” una cancioncilla de Calamaro.

Una bañadera de época, con patitas, llena de agua alcanforada y pétalos de rosa en la que la Coca Sarli se manosea las tetas, con cara de estar padeciendo un enema de jabón.

Comentar con lujo de detalles una fiesta/reunión a la que no se asistió. Y no plagiar a Saer.

A ver, realmente, ¿para qué sirven los libros?. (Es de notar el insidioso uso de bastardilla).

Mientras mira una película del nuevo-cine-argentino, siente una caricia en la mano. Sabe, porque está casi sola en la sala, que es imposible.

Supongamos que el cielo que predica el cristianismo, existe. Supongamos que al morir, la gente es sometida a cierta clase de juicio en tal lugar. Supongamos que el juicio se realiza no sobre la base de lo que efectivamente se hizo en vida, sino por lo que podría haberse hecho, si se hubiera tenido el coraje.

Conozco una persona que, en el curso de un período de desempleo, vendió (mal) El Capital (edición Siglo XXI en 7 tomos) para ofrecer una fiesta a sus amigos con motivo de su cumpleaños trigésimo tercero. De más está decirlo, esa misma persona trabó relaciones con una mítica borrachera de champaña.

Efectivamente, las mejores cosas ocurren cuando ya no queda casi nadie para dar testimonio.

Hoy es uno de esos días en que pienso (seriamente) que el mundo sería mejor si alguien pudiera traducir la frase in aenigmate, de 1 Corintios 13:12

Imaginar un mundo en el que conocer el nombre de alguien equivalga a tener un cierto dominio sobre esa persona.

martes, octubre 03, 2006

Un rayo de luz de los grandes pensadores


i)
cuando hayas vuelto
ya no voy a estar
¿habré ido a buscarte?


ii)
va y ven uno barra uno,
matemática infante, sweet heart,
carilina para los kilómetros
sus pienso calandraca
listen to me now
esparadrapos en las heridas
houdinis que me quiten las cadenas
la mente hecha un bonsái


iii)
repetimos lo que nos hace sufrir
somos masoquistas vocacionales


iiii)
no me interesa internet
no me interesan los líncs
no me interesa el futuro de la literatura
no me interesan las caridades

lunes, octubre 02, 2006

Rinoceronte


4 A.M. Bar en San Telmo. Noche uncanny (creo que es intraducible al castellano, lo lamento).
El tipo está excedido de peso. Muy. Un barril de cerveza le oficia de asiento, en la calle, al lado de la ventana del bar. En su mano se hamaca un chopp que, misteriosamente, está siempre lleno. Desde acá puedo ver su muñeca adornada con una gruesa pulsera de plata, de esas que tiene una plaqueta atada por una cadena que bien podría arrastrar un scania con acoplado. En la mesa hay tres jarras vacías. Es posible que mi estado no me permita percibir cuando llega la camarera trayéndole a intervalos, que intuyo regulares, una nueva jarra de cerveza.
Tiene cara porcina (el tipo, no la camarera), el pelo grasoso recogido en una cola de caballo que le llega a la cintura. Usa, previsiblemente, una remera que publicita una cerveza. La remera está a punto de explotar. El pantalón no llega a cubrirle el inicio de la raya del culo. Mientras habla mira a su alrededor confusamente, como si buscara sin mucha impaciencia a alguien que con toda seguridad está a punto de aparecer.
Ella está sentada al otro lado de la mesa. Es una adolescente pálida, delicada, bella, vestida como para un casamiento. Bebe las palabras del tipo con devoción, asiente feliz y concentrada a cada movimientos de sus cachetes. Mientras empieza a sonreír extasiada abre con movimientos delicados un monederito secreto, saca un minúsculo atado de cigarrillos y enciende uno sin dejar de mirar, arrobada, a su interlocutor. Asiente de nuevo, leve, casi concupiscente, mientras deja salir el humo por la nariz y, a la vez, hace el amague de intercalar una frase. Eso la hace toser. El gordo no se inmuta. Sigue con su discurso parco de gestos y la mirada parsimoniosa y vagamente indagadora a la deriva.
Algo me tapa la visión. Es la camarera trayendo el pedido, que ya no recuerdo de qué se trata. Me pone enfrente un plato del que se derrama un enorme sánguche de lomito con agregados inverosímiles que no recuerdo haber pedido. Maniobro un rato con el monstruo hasta que decido mutilarlo para reducir esa materia inconmensurable a fracciones que quepan en mi boca. Antes de empezar a masticar levanto la vista y la mesa que está al lado de la ventana, del lado de afuera, ya es solamente un desolado cementerio de jarras de cerveza.
Caminando hacia la esquina veo al rinoceronte y a la adolescente pálida tomados de la mano. El rinoceronte camina con las piernas un poco separadas, como si estuviera paspado.
Miro a N y a B, sentados enfrente mío. Luchan con sus sánguches-Leviathan a brazo partido, y parece que van perdiendo.
No se han dado cuenta de nada.

viernes, septiembre 29, 2006

Baruch



Pasa un viejo perro negro de hocico blanquecino. No apoya una pata trasera, lo cual produce un bamboleo arrogante en la cola del animal que, a punto de dejarse vencer por la muerte, persiste en mantener erguida. Wag the dog.

V me pregunta sobre la traducción de un texto de Spinoza que dice más o menos así: homini nihil inter res singulares utilius datur quam homo (qui ex ductu rationis vivit). Después de haber dicho que sí, no puedo echarme atrás. Hurgo más en las mañas que en el conocimiento que alguna vez simulé tener del latín. Lo cual produce un balbuceo que en castellano suena muy parecido al babeo de ciertas bestias imaginarias. Dejá, dejá, me dice después de un rato de mínima agonía, quiere decir algo así como que no hay nada más útil para los hombres que el hombre. Claro, es lo que te acabo de decir.

Veo caer una hoja del níspero. Desde lejos es amarilla, pero si uno se acerca, la levanta y la mira con detenimiento se pueden ver con claridad las nervaduras amarronadas. Está comenzando la primavera, ¿cómo es posible que caigan las hojas de un árbol?
No me acerco a verificar si esa hoja tiene estrías más oscuras.

Escuchado en el comedor: “Si agarrás la víbora, después con la araña no tenés problemas.”

pica y pica
bajada de cordón

Si le sacamos la esclerosis interpretativa, hay pocas expresiones más enigmáticas. Sobre todo si tenemos en cuenta que están escritas en chapas clavadas en árboles callejeros. Preferentemente plátanos, no sé por qué.

Resumiendo, entendámonos: la persistencia en la comprobación de que la Historia (cualquier clase de historia) puede hacerse literatura sólo puede producir malos entendidos.

jueves, septiembre 28, 2006

Quattro


1. Tiene el pelo teñido de violeta. Sólo toma taxis cuyas patentes terminan en 69. Su droga predilecta es el agua Ser de Naranja-Durazno, tenuemente gasificada. En su reproductor de emepetrés se alternan Prince & the Revolution y Manhattan Transfer. Aunque cuando está un poco deprimida a causa de algún desastre ecológico ocurrido en el Mar del Norte suele escuchar canciones de Lola Beltrán. Lee con avidez de gorrión blogs sobre bowling, sobre sótanos, sobre FLCL. Sus films predilectos (ella dice así, “films”) están dirigidos por David Lynch. Los ve una y otra vez para memorizarlos y fingir que los entiende.
“Los-desastres-que-ocurren-en-el-mundo” la alteran profundamente: empieza a llamar a amigos y a enemigos y, como si fuera una azafata freak, les explica con minuciosidad de filatelista las posibilidades de escape, que casi siempre terminan en el country de papi. En Ingeniero Maschwitz , ov cors.
Ya todos sabemos: estudia Diseño de imagen y sonido en la UP.

2. No lo entiendo, no lo interpreto: me lo imagino.

3. Hollywood, pederastia, chanfle a la Pintier (por estos días, meramente verbal, en Fox Sports), surrealismo all’uso nostro (con música de Antonio Bonavena): “Pedí un cuatro y me trajeron un pomelo”.

4. Ejercicio a desarrollar (otro día, hoy no): meditar en los caracoles intestinales y no usar paréntesis ni dos puntos.

miércoles, septiembre 27, 2006

Ceibal


Veo, detrás de esta ventana, el ceibo que talaron hace unos meses. Veo sus raíces irreales hundirse en el cemento grisáseo que alisaron unos hombres de mameluco azul, cuando aún estaban esparcidas en el piso las flores como un vestidito rojo y desprolijo.
Lo veo y no lo veo. Puedo decir con palabras su impermanencia. Me ausento en los sonidos de las palabras que cuentan lo que ya no es. No soy yo el que relata la historia del árbol inexistente, sino el ceibo mismo, ya invisible, que alguna vez ocupó el espacio sobre el que se detenía mi mirada. No lo veo pero lo veo. Ahora hay un tambor de Texaco rojo y negro abierto al medio, un caballete de caño oxidado y unas plantitas tercas que crecen en los intersticios del cemento que ya se ha empezado a rajar. Y ahí está, superpuesto, el tronco martirizado con sus ramas y flores intactas, abundante en vida, inexpugnable, más presente incluso que cuando la vida lo recorría, más vivo que cuando alguien parecido a mí veía nacer primero sus flores que su hojas.
Existe meramente porque estas palabras en las que persisto en borrarme, lo nombran.
Y cada vez que lo nombran crean un ceibal.